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Dietética para la correcta alimentación y la buena salud

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de la sección: Alimentación


La alimentación en el mundo actual
Si examinamos la situación actual de la alimentación en el mundo veremos que, junto a una enorme cantidad de personas que se alimentan de modo insuficiente, los habitantes de los países desarrollados tienen problemas alimentarios del signo opuesto: Los creados por la superalimentación.
La paradoja es, además, que disponiendo de redes de supermercados y de productos congelados, disponiendo de los medios de adoptar la alimentación más sana que jamás se haya podido conseguir en la historia de la humanidad, mantengamos sin embargo un tipo de comidas muy nocivo para la salud.
Los excesos de azúcares, grasas animales y proteínas, ausencia de fibras y, en ocasiones, de oligoelementos, son las características de la alimentación actual.

¿Por qué nos comportamos así?
Porque no estamos educados en dietética, y nos comportamos como niños que dejan solos en una confitería. Tomamos en cantidad lo que más nos apetece, y al día siguiente sufrimos las consecuencias.
Nosotros comemos y bebemos lo que nos apetece, y las consecuencias las sufre nuestro organismo, con una carga dietética cada vez más importante.
Si consideramos tanto nuestra evolución como la conducta de los pueblos primitivos, deducimos que nuestra alimentación debe ser predominantemente vegetal, con fibras, añadiendo una discreta cantidad de carne o de pescado. Esta comida se debe repartir adecuadamente durante el día, y sobre todo debe ser completa con una vida de ejercicio físico que ayude tanto a la regulación dietética como al consumo del exceso de nutrientes.

Las necesidades del organismo supongamos como ejemplo base, que un varón de 35 años pesa, promedio, 73 kilos. De ellos, unos 45 kilos serán de agua (intra y extra celular), 23 kilos serán de grasa y proteínas y 5 de hidratos de carbono, vitaminas y minerales.

Lo primero que comprobaremos con estos datos es que la mayoría del peso del organismo está formado por agua.
A este respecto, es de interés saber que la composición del plasma sanguíneo es muy parecida a la del agua del mar. La proporción de agua del organismo no es constante durante toda la vida: es máxima en el recién nacido y disminuya con la edad; como si sufriéramos un proceso de “desecación” progresiva.

La provisión de agua es de enorme importancia para el organismo, podemos pasar muchos días sin comer, pero no podemos pasar más de cuatro días sin beber, ya que de diversas formas eliminamos al menos un litro de agua al día, y el organismo no puede sobrellevar la pérdida de un 10 % de su contenido normal en agua, (lo que para los 45 litros de nuestro ejemplo, suponen 4,5 días, es decir cuatro días y medio).

El contenido de grasa del organismo puede ser enormemente variable, ya que las grasas esenciales, es decir, aquéllas de las que no podemos prescindir porque intervienen en la estructura de tejidos y órganos, apenas suponen un kilo. El resto son grasas de reserva, de fácil aumento o disminución con una dieta adecuada.

Los hidratos de carbono cuya misión ese actuar como combustible orgánico, suponen una pequeña cantidad de peso total, aproximadamente un 1,5%, poco más de un kilo.

Los minerales suponen un 6% del peso total, unos 4,38 kilos (en nuestro ejemplo); de ellos, las tres cuartas partes se localizan en el esqueleto, en forma de fosfatos cálcicos, (el esqueleto en conjunto pesa más porque tiene otros componentes).

Las proteínas son el componente plástico fundamental del organismo, constituyen la base constitucional de los tejidos y órganos. Pero no se encuentran estables sino en perpetua renovación, de ahí que, aunque haya pasado el periodo de crecimiento precisemos un aporte diario de proteínas alrededor de un gramo por kilo de peso, para asegurar esta continua reposición y transformación de los órganos.

Todo esto significa que “la dieta correcta“ debe aportar, por una parte, la energía que consumimos para vivir, y por otra parte las materias plásticas que precisamos para reponer la pérdida de los tejidos y órganos.

La “vida media de un órgano” es el tiempo que necesita para que la mitad de su peso sea sustituido por las nuevas sustancias plásticas (fundamentalmente proteínas).
Este tiempo oscila entre 180 días para el hueso (uno de los más lentos en su proceso de cambio) hasta 10 días para el hígado, cuya capacidad metabólica es extraordinaria.

A lo largo de nuestra vida consumimos una enorme cantidad de alimentos, se ha calculado que un hombre de setenta años del mundo occidental ha ingerido, durante ese periodo, unas 75 toneladas de alimento sólido, dejando aparte la ingestión de agua y líquidos.


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